Don Menox - Cuento

Por Amílcar Bernal Calderón

Publicamos aquí un relato enviado por este ingeniero mecánico y escritor nacido en Ibagué, Colombia, 1950. Premio Nacional de Poesía Ciudad de Chiquinquirá, Segundo Premio Internacional de Poesía Miguel de Cervantes en Armilla, España; Mención de honor en el Concurso Internacional de Cuento “Encuentro entre dos mundos”, en Francia; y Mención en el Concurso de Literatura de la revista El Malpensante. Ha publicado los poemarios: Solos de retruécano y La sal de los hoteles.

Uno de los últimos fines de semana, antes de que comenzáramos a morirnos, las enfermedades tomaron un día de asueto y nosotros decidimos hacer una fiesta para celebrar que aún podíamos hacerlas. Cada uno tomó sus precauciones y un poco de vino hasta bien entrado el amanecer, como Cenicientas que compraron un lapso extra de ajeno jolgorio. Siempre era posible que cada celebración fuera la última.
En algún momento Zapata, que no era un amigo sino alguien que llegó tarde con un cuento nuevo cuando los nuestros apestaban a cadáver, me habló sobre la casa que construyó a la orilla del mar, en los alrededores de un caserío de negros, en una región no contaminada por los blancos donde la tierra se conseguía “a huevo”, eso dijo. Yo me pregunté si también las gallinas eran baratas, por aquello de que entre el huevo y la gallina existe una relación de incierta causalidad. Es la filosofía, que no se cansa de hacer dudar a los hombres. Entonces, abrazado por su voz, el tiempo de la fiesta se convirtió en el tiempo que Zapata pasó por esos rumbos, y mientras mis viejos amigos bebían y bailaban en el salón del hogar geriátrico, yo era un protagonista silencioso, un árbol, me gusta este ejemplo, de la geografía de su historia.
Hacía algún tiempo, Zapata y unos amigos habían comprado una tierra a los negros raizales de una bahía que ignoran los mapas, al norte. Y allí construyeron un barrio, imitando la arquitectura de los nativos para que la vida pensara que eran iguales, sobre las estribaciones de una colina, a poca distancia de la playa donde se asentaba el caserío de los pescadores. Allí había ocurrido la historia que iba a contarme.
Saliendo de su cabaña hacia la izquierda, por el camino que linda con el palo de aguacates en cuyas frutas da el sol y convierte el aire en una mirada de ojos muy verdes, tras veinte minutos de matar zancudos se llegaba a la casa de don Menox. Dijo Zapata que él lo llamaba así a pesar de que los demás lo llamaban don Max, porque el pobre estaba tan cojo, tan averiado de la columna, tan aferrado a sus muletas y tan torcido del paso que no tenía nada de Max, sino todo de Menox. Don Max entendió el sentido cariñoso del apodo, no opuso resistencia, y entre ellos siguió llamándose don Menox hasta que san Juan agachó el dedo, lo cual no tardó en suceder.
Parapléjico, adinerado, con gran corazón y fuerza de voluntad, Don Menox iba todos los días en cuatro pies, dos suyos y dos de sus muletas, destartalado y vencido como un carromato en su último viaje, al caserío de los nativos a colaborar con su dinero en la solución de cualquier necesidad o inconveniente que tuvieran; visitaba también las casas de los blancos y compartía las noticias de la civilización (tenía una antena poderosa que lo comunicaba con los Estados Unidos); repartía el correo que llegaba en su helicóptero y hablaba con todos en tono risueño. Era muy apreciado. Pagaba el sueldo del médico, las operaciones de los enfermos que había que sacar a la capital y los remedios que hicieran falta. Era como dios, dijo Zapata. Así, torcido como un resquemor y con una botella de aguardiente en su mochila, visitaba a sus vecinos, tomaba tinto en cada casa, compartía su aguardiente, resolvía la necesidad y se iba dando tumbos a la siguiente vivienda, todos los días.
Cuando don Menox llegaba a mi casa, dijo Zapata, yo sacaba la mesa de centro al zaguán, acomodaba dos asientos, organizaba unos platos con mango y coco picados, ponía tangos en la grabadora y sacaba mi whisky. Él sacaba su aguardiente y nos poníamos a hablar. Jamás quiso beber de mi trago: siempre decía que él sólo iba a tomar whisky el día de su muerte, lo cual yo no entendía pero me importaba más o menos un culo. Tampoco aceptó nunca dormir en mi casa. De repente desaparecía pero yo no me preocupaba pues sabía que todos lo cuidaban. Lo querían tanto, dijo Zapata rascándose la nuca y mirando por la ventana del salón donde mis amigos emborrachaban a las enfermeras con dudosa intención, que todavía por ahí andan unos negros buscándome pa’ matarme pues yo le hice algo malo a don Menox. Todo porque fui el último que lo vio vivo y, según ellos, lo envenené con mi whisky, ¡cabrones de mierda!
Un atardecer, como hacia las seis y media, llegó don Menox a mi casa. Yo ya me había tomado media de yoniwoquer y estaba más prendido que un remiendo. Se notaba deprimido (aunque con tanta depresión en el cuerpo era difícil verle las del alma). Se acomodó en un asiento, callado como un sobre sin carta, y se puso a beber como loco. Nunca dijo nada. Yo me emborraché y me quedé dormido. Cuando me desperté eran como las nueve de la mañana del día siguiente, y por la oscuridad y los golpes de ola contra el arrecife se sabía que anoche había llovido y el mar estaba alevoso. Con dolor de cabeza y matado del cuerpo, me puse a hacer por ahí unas cuentas que no representaban mucho sacrificio. Cuando quise tomarme el primer trago busqué mi botella de whisky: era la única que me quedaba y, según recordaba, estaba por la mitad; pero no la encontré. Le di vuelta a la casa, y cuando me convencí que había desaparecido me fumé un mariguano y me acosté a dormir, porque no había más remedio.
Al otro día por la mañana vino un negro a buscarme: quería que yo viera a don Max antes de su entierro. ¿Su entierro?, pregunté. Sí, es que don Max se ahogó antenoche cuando salió de su casa; se echó al mar y no pudimos salvarlo. Estuvo perdido todo el día de ayer pero acaba de volver para el entierro. Tiene algo en la mano y nosotros queremos que usted se lo quite. El hombre me miraba con rabia, y yo comencé a sospechar que el dedo de San Juan empezaba a agacharse y  mi estancia en ese paraíso terminaba.
Al llegar a la playa encontré que don Max estaba más Menox que nunca. Rodeado de flores perfumadas y comida, vestido de blanco, lo habían colocado en una plataforma de palos secos untados de petróleo que iban a subir sobre unos zancos enterrados unos metros dentro del mar, a una altura tal que cuando subiera la marea y su cuerpo estuviera quemado, sus cenizas se iban a ir con las olas. En la mano, entre sus dedos amarillos, apretaba mi botella de whisky vacía. Yo se la quité mientras las mujeres cantaban una cosa que a mí me sonó amenazante, aunque yo no entendía su dialecto.
Trece noches iba a durar su velorio. La séptima noche, mientras todos lloraban, bebían aguardiente y cantaban una cosa parecida al jazz, yo aproveché un descuido y me escapé pa’salvar el pellejo. Al alba del día catorce yo iba a morir, me lo contó años después un antropólogo que sabe sus costumbres, y mi cuerpo iba a ser quemado con aguardiente, en honor a don Menox.

Todavía andan buscándome, dijo Zapata, señalando una noche muy negra, más allá del final de nuestra fiesta, que podía ser la última.